Historias de la Biblia hebrea
GEDEÓN Y SUS TRSCIENTOS HOMBRES VALIENTES

Historia 45 – Jueces 6:1-8:28
Los israelitas hicieron lo que ofende a Dios, adorando a Baal, y él los entregó en manos de los madianitas que vivían cerca del desierto al este de Israel. Las dos tribus que sufrieron más bajo ese dominio eran la de Efraín y Manasés al oriente del Jordán. Durante siete años los presionaron, acampaban y arruinaban las cosechas por todo el territorio, hasta dejarlos sin nada de comer para ellos ni para sus rebaños y ganado. Los madianitas eran árabes salvajes que vivían junto al desierto y desde su tierra iban y los atacaban. Era tanta la opresión de los madianitas que los israelitas se hicieron escondites en cuevas en las montañas y en otros lugares donde pudieran defenderse. Empezaron a esconder cualquier trigo que cosechaban de la vista de los madianitas.

Un día un hombre llamado Gedeón estaba trillando trigo para esconderlo de los madianitas, de repente vio al ángel del Señor sentado bajo la encina y éste le dijo: “¡El Señor está contigo, guerrero valiente! Ve con la fuerza que tienes, y salvarás a Israel del poder de Madián” Gedeón reclamó: “¿Cómo voy a salvar a Israel? Mi clan es la más débil de la tribu de Manasés, y yo soy el más insignificante de mi familia”. Y el Señor le dijo: “Tú derrotarás a los madianitas como si fueran un solo hombre, porque yo estaré contigo”.

Gedeón pensó que el Señor le estaba hablado en forma de un ángel, así que le ofreció un holocausto en una roca; pero el ángel tocó la ofrenda con su vara y la puso en fuego, y de esa manera se desapareció. Gedeón temió al ver esto y el Señor le dijo: “¡Quédate tranquilo! No temas, yo estoy contigo”. Y Gedeón le hizo un altar al Señor donde se le había aparecido, debajo de la encina en Ofra en la tierra de Manasés, y le llamó “El Señor es la paz”, el cual permaneció en ese lugar por mucho tiempo.

Entonces el Señor le dijo a Gedeón que antes que los librara del poder de Madián, tenía que alejarlos de la idolatría de Baal y de Aserá. Cerca de la casa del papá de Gedeón había un altar para Baal y una imagen de Aserá. Esa misma noche Gedeón llevó a diez hombres y derribó todos los ídolos que encontraron, los hicieron pedazos y también destruyeron el altar. Lo reemplazaron con un altar para el Señor y en éste había pedazos quemados de Aserá. La gente viendo todos los pedazos de los ídolos quemados, se preguntaron: “¿Quién habrá hecho esto?” Alguien dijo: “Gedeón hijo de Joás lo hizo anoche”. Entonces dijeron: “Tu hijo debe morir, porque destruyó el altar de Baal, y Baal es nuestro dios”. Pero Joás, padre de Gedeón les respondió: “¿Acaso van ustedes a defender a Baal? ¡Si de veras Baal es un dios, debe poder defenderse de quien destruya su altar!” Y cuando vieron que Baal no castigaba al culpable de destruir su altar, la gente se alejó de Baal y se volvió a su propio Señor y Dios.

Gedeón mandó a los hombres de todas las tribus en esa región a que dieran este mensaje: “Vengan, ayúdennos a sacar a estos madianitas de nuestra tierra”. Los hombres respondieron al llamado, pero no estaban entrenados para pelear y ni tenían armas. Se reunieron en el manantial de Jarod. El campamento de los madianitas estaba al norte de ellos, en el valle que está al pie del monte Moré. Este monte es uno de tres montañas en las llanuras de Esdraelón. Y tan pronto como los madianitas se enteraron que Gedeón estaba a cargo de liberar a Israel, se emprendieron al ataque con una multitud. De la misma manera que Débora y su pequeño ejército miraba el gran ejército de los cananeos desde lo alto del monte Tabor, así Gedeón miraba al gran ejército de los madianitas desde el monte Jarod.

Gedeón era un hombre de fe, él quería asegurarse que Dios lo estaba dirigiendo, y por eso le dijo a Dios: “Si has de salvar a Israel por medio de mí, mándame una señal. Mira, tenderé un vellón de lana afuera en el suelo. Si el rocío cae sólo sobre el vellón y todo el suelo alrededor queda seco, entonces sabré que me darás la victoria contra los madianitas”. Y así sucedió, al siguiente día Gedeón se levantó temprano, exprimió el vellón para sacarle el rocío, y llenó una taza de agua; pero todo a su alrededor estaba seco. Entonces Gedeón le dijo a Dios: “No te enojes conmigo. Déjame hacer sólo una petición más. Permíteme hacer una prueba más con el vellón. Esta vez haz que sólo el vellón quede seco, y que todo el suelo quede cubierto de rocío. Después de eso, no dudaré más”. Así lo hizo Dios aquella noche. Sólo el vellón quedó seco, mientras que todo el suelo estaba cubierto de rocío. Con esto, Gedeón sabía con seguridad que Dios lo había llamado y que él le daría la vitoria contra sus enemigos.

El Señor le dijo a Gedeón: “Tienes demasiada gente para que yo entregue a Madián en sus manos. A fin de que Israel no vaya a jactarse contra mí y diga que su propia fortaleza lo ha librado. A los que tengan miedo, mándalos a sus casas”. Muchos tenían miedo, especialmente después de ver el vasto ejército del enemigo. El Señor sabía que hombres así estorbarían a los demás en la batalla. Y Gedeón anunció: “¡Cualquiera que esté temblando de miedo, que se vuelva a sus casas!” Así que se volvieron veintidós mil hombres y quedaron diez mil. Pero el ejército todavía era muy poderoso, aunque los cobardes se habían ido, los que quedaban eran muy valientes.

Pero el Señor le dijo a Gedeón: “Todavía hay demasiada gente”. El Señor sabía que tan solo necesitaba pocos hombres. Gedeón escuchó al Señor decir: “Hazlos bajar al agua, y allí los seleccionaré por ti”. A la mañana siguiente al comando de Dios, los diez mil hombres bajaron del monte marchando como si fueran a guerra. Cuando estaban junto del agua, notó de la manera que tomaban el agua y los separó en dos grupos. Cuando estaban listos para tomar agua, la mayoría de ellos dejaban sus armas a un lado y se arrodillaban para beber con las dos manos; Gedeón puso estos hombres en un grupo. El otro grupo era de hombres que lamían el agua con la lengua y tenían sus armas en mano para estar listos a todas horas de un ataque. El Señor le dijo: “Con este grupo de hombres que lamieron el agua, yo los salvaré; estos son los que yo he escogido para salvar a Israel”.

Gedeón contó el número de hombres y se dio cuenta que tan solo eran trescientos; el resto de ellos estaban agachados boca abajo tomando agua. La diferencia de estos dos grupos era que los trescientos eran hombres con determinación y con un propósito en mente, no se iban a distraer ni para tomar agua, siempre estaban a la guardia y listos para pelear. Vamos a suponer que el enemigo los toma por sorpresa y los israelitas están tomando agua y sus armas están tiradas en el suelo, no tendrían ninguna esperanza. Sin embargo, el enemigo no podría atacar fácilmente a los trescientos que tenían espada en mano aunque estuvieran tomando agua. Algunos hubieran pensado que los que se arrodillaban demostraban que adoraban a ídolos ya que esa era la forma en que se arrodillaban para adorar, mientras que los que permanecían parados reflejaban la forma de como adoraban al Señor. Pero de esto no se está seguro completamente, pero sí se sabe que los trescientos hombres eran valientes, alertas y obedientes a las órdenes y listos para pelear.

Entonces Gedeón mandó el resto de los israelitas a sus carpas, pero detuvo a los trescientos. Y el Señor le dio a Gedeón más señales para animarlo antes que fuera a batalla. Dios le dijo: “Levántate y baja al campamento de los madianitas y escucha lo que digan. Después de eso cobrarás valor para atacar el campamento”. Así que él y su criado, bajaron hasta los puestos de los líderes, en la afueras del campamento, entraron fácilmente como si estuvieran en su casa. Gedeón llegó precisamente en el momento en que un hombre le contaba su sueño a su amigo: “Tuve un sueño, en el que un pan de cebada llegaba rodando a nuestro campamento, y con tal fuerza golpeaba una carpa que ésta se volteaba y se venía abajo. ¿Qué crees que significa esto?” El amigo le respondió: “El pan es Gedeón, hombre de Israel, vendrá a destruir a este ejército. ¡Dios ha entregado en sus manos a los madianitas y a todo el campamento!”

Gedeón se alegró de oír que aunque los madianitas tenían un ejército muy grande, le temían a él y a su ejército aún más de lo que los israelitas le temían a ellos. Se inclinó y adoró al Señor, luego volvió al campamento para preparar a sus hombres para el ataque contra los madianitas. Su plan no necesitaba un gran ejército, pero sí tenían que ser cuidadosos y cautelosos y seguir las instrucciones fielmente. Distribuyó entre todos ellos trompetas y cántaros vacíos, con antorchas dentro de los cántaros para que no vieran las luces, y les dijo lo que hicieran con todo eso que les dio. A media noche dividió a los trescientos hombres en tres compañías, los guio silenciosamente al monte, y los puso todo alrededor del campamento de los madianitas.

De repente, el silencio de la noche se rompió con un fuerte grito: “Por el Señor y por Gedeón”. Tocaron las trompetas y estrellaron contra el suelo los cántaros que llevaban en sus manos por todas direcciones. Trescientos hombres estaban gritando, rompiendo cántaros, y todas las lumbres brillaban. Los medianitas se despertaron asustados con el ruido, y al ver todas las lumbres y las espadas en el aire, huyeron del campamento sin pelear tambaleándose entre ellos mismos tratando de escapar. Su tierra estaba en el este al otro lado del Jordán, y allí fue donde corrieron entre las montañas y los valles.

Gedeón había pensado que los madianitas huirían a su tierra después de haber perdido la batalla, así que ya había planeado otro plan. Convocó a unos israelitas a que los persiguieran. Por toda la región montañosa de Efraín, Gedeón envió mensajeros para decirles que se adelantaran al Jordán para que mataran a todos los que intentaran cruzar el río. Y así todos los hombres que se habían escapado de Gedeón hacia los valles, allí los hombres de Efraín los mataron en el río; entre los que mataron fueron dos de sus príncipes, Oreb y Zeb. Una parte de los hombres madianitas pudieron cruzar el río y seguir huyendo al desierto, pero Gedeón y sus valientes hombres los siguieron hasta destruirlos. Tomaron presos a Zeba y Zalmuna, dos de sus reyes, para luego matarlos. Terminando esta batalla, los israelitas quedaron libres de los madianitas para siempre. Madián nunca más se atrevió a salir del desierto en busca del pueblo de Israel.

La tribu de Efraín era la más poderosa de las tribus centrales. Los líderes tenían resentimiento con Gedeón porque no les dejó que hicieran más en la gran batalla. Le dijeron a Gedeón con enojo: “¿Por qué no nos llamaste cuando fuiste a luchar contra los madianitas?” Gedeón les contestó humildemente: “¿Qué hice yo, comparado con lo que hicieron ustedes? ¿No mataron ustedes a miles de madianitas? Dios entregó en manos de ustedes a Oreb y a Zeb, los jefes madianitas. Comparado con lo que hicieron ustedes, ¡lo que yo hice no fue nada!” Con palabras positivas y humildes, Gedeón hizo las paces con los hombres de Efraín.

Gedeón se quedó como juez el resto de su vida en Israel. El pueblo quería hacerlo un rey, decían: “Reina sobre nosotros, y después de ti, tu hijo y tu nieto”. Y Gedeón les dijo: “Yo no los gobernaré, sólo el Señor los gobernará. Nadie gobernará a las tribus sino Dios”.

De todos los quince hombres que sirvieron como jueces en Israel, Gedeón fue el que tuvo más valor, sabiduría y más fe en Dios. Si todos hubieran sido como él, no se hubieran dado a la idolatría y no hubieran caído en manos del enemigo. El pueblo de Israel hubiera continuado fiel a Dios. Sin embargo, hasta antes que Gedeón muriera la gente comenzó a alejarse del Señor en busca de ídolos que pudieran ayudarlos.