Historias de la Biblia hebrea
CÓMO DAVID LE PERDONÓ LA VIDA A SAÚL

Historia 61 – I Samuel 23:1-27:12
David y sus hombres se escondieron en varios lugares en las montañas de Judá. Saúl los perseguía, pero nunca lograba capturarlos. Una vez Jonatán, el hijo de Saúl vino a ver a David en el bosque y le dijo: “No temas, el Señor está contigo; y Saúl, mi padre no te hará daño. Tú serás rey de Israel y yo estaré a tu lado; y de todo esto, mi padre se ha enterado”. Y Jonatán y David renovaron su promesa de serse fieles entre ellos y a sus descendencias. De ahí, se despidieron y David no volvió a ver a su querido amigo Jonatán.

En una ocasión, cuando David y sus hombres se escondían en una cueva por el Mar Muerto en un lugar llamado Engadi, allí estaban en el fondo de la cueva cuando vieron a Saúl que entraba para descansar. Sus hombres le dijeron a David: “En verdad, hoy se cumple la promesa que te hizo el Señor cuando te dijo: – Yo pondré a tu enemigo en tus manos, para que hagas con él lo que mejor te parezca”. David se levantó y, sin hacer ruido, se acercó a Saúl. Sus hombres esperaban que David matara a Saúl, pero en vez, él cortó el borde del manto de Saúl. A sus hombres no les pareció esto, pero David les dijo: “¡Que el Señor me libre de hacerle al rey lo que ustedes sugieren! No puedo hacerle daño porque es el ungido de Dios”. Y David no les permitía a sus hombres que atacaran a Saúl.

Pero una vez que éste salió de la cueva, David lo siguió, gritando desde una buena distancia: “¡Majestad, Majestad!” Saúl miró hacia atrás, y David, postrándose rostro en tierra, se inclinó y le dijo: “¿Por qué hace caso Su Majestad a los que dicen que yo quiero hacerle daño? Usted podrá ver con su propios ojos que hoy mismo en esta cueva, el Señor lo había entregado en mis manos. Mis hombres me pedían que lo matara, pero yo  respeté su vida y dije: “– No puedo alzar la mano contra el rey, porque es el ungido del Señor. Padre mío, mire usted el borde de su manto que tengo en la mano. Yo corté este pedazo, pero a usted no lo maté, pero usted me persigue para quietarme la vida. ¡Que el Señor juzgue entre nosotros dos! ¡Y que el Señor me vengue de usted! Pero mi mano no se alzará contra usted”.

Cuando Saúl oyó esto, su verdadero amor por David salió, y le dijo: “David, hijo mío, ¡pero si eres tú quien me habla!” Y alzando la voz, se echó a llorar: “Has actuado mejor que yo. Me has devuelto bien por mal. Hoy me has hecho reconocer lo bien que me has tratado, pues el Señor me entregó en tus manos, y no me mataste. ¡Que el Señor te recompense por lo bien que me has tratado hoy! Ahora caigo a cuenta que tú serás el rey, y reinarás a Israel. Júrame entonces, por el Señor, que no destruirás a mi familia”. Y David le juró esto en el nombre del Señor. Luego Saúl volvió a su palacio sin perseguir a David; y David y sus hombres se siguieron escondiendo, ya que no le confiaba a Saúl la promesa de no querer matarlo.

No dejando pasar mucho tiempo, Saúl comenzó a perseguir a David nuevamente en el desierto de Judá con tres mil hombres y con su tío Abner que era el comandante de su ejército. Cuando David, que vivía en el desierto, se dio cuenta de que Saúl lo venía siguiendo, David y Abisay, uno de sus hombres, bajaron para averiguar dónde se encontraba. Luego se fue al campamento de Saúl, y ahí lo vio que dormía en medio del campamento con su lanza atada a un jarro de agua hincada en tierra a su cabecera. Al ver esto, Abisay le dijo a David: “Dios te ha dado a tu enemigo en tus manos. Déjame matarlo. De un solo golpe con la lanza lo dejaré clavado en el suelo”. Pero David le respondió: “¡No lo mates! ¿Quién puede alzar la mano contra el ungido del Señor sin ser castigado? El Señor mismo lo herirá, o le llegará la hora de morir, o caerá en batalla. ¡Yo no alzaré la mano en contra del ungido! Sólo toma la lanza y el jarro de agua, y vámonos de aquí”. Así que David se llevó la lanza de Saúl y su jarro de agua, y David y Abisay salieron del campamento sin despertar a nadie.

Por la mañana siguiente, David llamó al ejército y a Abner, el jefe del ejército de Saúl: “¡Abner! ¿Me oyes!” Y Abner replicó: “¿Quién está gritando al rey?” David le contestó: “¿No eres tú el valiente sin par en  Israel? ¿Cómo es que no has protegido a tu señor el rey? ¡Lo que has hecho no tiene nombre! Ustedes merecen la muerte por no haber protegido a su rey. ¿Ya ves?, ¡aquí están la lanza del rey y el jarro de agua!” Saúl reconoció la voz de David y dijo: “David, hijo mío, ¡pero si eres tú quien habla!” David respondió: “Soy yo, mi señor rey. ¿Por qué me persigue? ¿Qué delito he cometido? Que Dios se encargue de los que lo han puesto a usted en mi contra. ¿Por qué ha salido el rey de Israel en busca de una simple pulga? ¡Es como estuviera cazando un pájaro en los montes!” Entonces Saúl dijo: “¡He pecado! Regresa. David, hijo mío. Ya no te haré daño. Tú has valorado hoy mi vida”.  Y David le dijo: “Mande usted a uno de sus criados a recoger su lanza. Así como hoy valoré la vida de usted, quiera el Señor valorar mi propia vida”.

Así que David se fue por su propio lado porque no le confiaba su vida en las manos de Saúl. Saúl se llevó a sus tropas de regreso a su casa en Guibeá. Para este entonces, el ejército que David dirigía era muy poderoso. Llegó a un acuerdo con el rey Aquis de los filisteos que vivían en Gat, y tanto David como sus hombres se establecieron allí en el Mediterráneo con la protección de Aquis. El rey le dio la ciudad de Siclag que estaba al sur de la tribu de Judá. Ahí en Siclag, David llevó a todos sus seguidores, y allí vivió durante los últimos días del reino del rey Saúl.