Historias de la Biblia hebrea
LA HISTORIA DEL ALTAR JUNTO AL RÍO

Historia 42 – Josué 22:1-24:33
Cuando la guerra de la conquista de Canaán había terminado y las tribus estaban listas para tomar posesión de sus tierras, Josué empezó a quitar el campamento en Guilgal el cual había sido la tienda de reunión para los israelitas en lo que conquistaban la tierra. Ya recordarás que dos tribus y media habían recibido la tierra al este del Jordán, y sus soldados cruzaron el Jordán para ayudar a las otras tribus. Josué llamó a estos soldados y les dijo: “Ustedes han cumplido todas las ordenes que les dio Moisés, siervo del Señor. Además, ustedes me han obedecido en cada mandato que les he dado. Durante todo el tiempo que ha pasado, hasta este mismo día, y no han abandonado a sus hermanos los israelitas. Ahora regresen ustedes a sus hogares y a sus tierras que Moisés les entregó al lado oriental del Jordán. Y esfuércense por cumplir fielmente al Señor, manténganse unidos firmemente a él y sírvanle de todo corazón y con todo su ser”. Dicho esto, Josué les dio su bendición y los envió a sus hogares. Se fueron de Siló donde estaba el santuario y cuando llegaron al Jordán en una roca grande, hicieron un enorme altar de piedra a la vista de todos. Los demás israelitas se enteraron de que estas tribus habían construido aquel altar. Dios le había mandado al pueblo que solo tuvieran un altar para todas tribus, sólo un sumo sacerdote, y un sólo holocausto en el altar para todas las tribus. La razón por la que Dios quería esto era para promover unidad y para que todos adoraran juntos en un mismo culto como una familia.

A los demás israelitas no les pareció que las otras tribus hubieran construido un altar sabiendo que tenían el altar en Siló para todas las tribus. Esto casi ocasionó una guerra entre ellos mismos; pero antes de empezar la pelea, los israelitas enviaron a Finés hijo del sacerdote Eleazar y a diez jefes de las otras tribus para hablar con ellos. Querían preguntarles el significado del altar que habían hecho. Llegaron con los hombres de las tribus de Gad, Rubén y la mitad de Manasés y les dijeron: “Toda la asamblea del Señor quisiera saber por qué se han rebelado contra el Dios de Israel como lo han hecho. ¿Por qué le han dado la espalda al Señor y se han rebelado contra él, construyendo un altar? ¿Acaso quieren alejarse del Señor y tener sus propios dioses? ¿Se les ha olvidado la furia del Señor en el pasado cuando Israel empezó a adorar otros dioses? ¡No se rebelen en contra de Dios construyendo otro altar; ustedes saben bien que el altar de Dios está en Siló!”

Los de las dos y media tribus contestaron: “¡El Señor, Dios de todos los dioses, sabe bien que no hicimos esto por rebeldía o por infidelidad! Y que todo Israel también lo sepa; que el Señor mismo nos llame a cuentas. En realidad construimos este altar, no para ofrecer holocaustos al Señor, sino para nuestros hijos; queremos que vean una réplica aquí, a este lado del río y así poder decirles” – Con este altar recuerden que todos somos un mismo pueblo con las tribus del otro lado del río. Este altar se mantiene como un testigo entre nosotros, todos somos un mismo pueblo que adora al único Señor y Dios de Israel”. Al oír esto, los jefes de las nueve y media tribus quedaron satisfechos. Se sintieron mejor de saber que el altar era como un monumento y no para ofrecer holocaustos. Le dieron al altar el nombre de “Testimonio”, porque dijeron: –Entre nosotros servirá de testimonio de que el Señor es Dios de todos”.

Para esto, Josué ya tenía más de cien años y sabía que su tiempo era corto, quería darle al pueblo sus últimas palabras. Entonces llamó a los ancianos y jefes de las tribus para que se reunieran en Siquén, en medio de la tierra y cerca de su casa. Cuando todos estaban presentes, Josué les recordó de todo lo que Dios había hecho por sus antepasados y por ellos. Les dijo la historia de Abraham cuando dejó su tierra para obedecer a Dios; la historia de Jacob y su familia en su camino a Egipto; y cómo después de muchos años, Dios los había librado del cautiverio guiándolos por el desierto hasta traerlos a la tierra donde ya vivían en paz. Josué les dijo: “A ustedes les entregué una tierra que no trabajaron y ciudades que no construyeron. Vivieron en ellas y se alimentaron de viñedos y olivares que no plantaron. Por lo tanto, ahora ustedes entréguense al Señor y sírvanle fielmente. Desháganse de los dioses que sus antepasados adoraron al otro lado del río Éufrates y en Egipto, y sirvan sólo al Señor. Pero si a ustedes les parece mal servir al Señor, elijan ustedes mismos a quienes van a servir: a los dioses que sirvieron sus antepasados, pues por mi parte, mi familia y yo serviremos al Señor”.

El pueblo le respondió: “¡Eso no pasará jamás! ¡Nosotros no abandonaremos al Señor por servir a otros dioses! El Señor nuestro Dios es quien nos sacó del país de Egipto, aquella tierra de servidumbre. El Señor expulsó a todos los que vivían en este país, por esta razón, nosotros también serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios”. Entonces Josué les dijo: “Ustedes son incapaces de servir al Señor, porque él es Dios santo y Dios celoso. No les tolerará sus rebeliones y pecados. Si ustedes lo abandonan y sirven a dioses ajenos, él se echará encima y les traerá desastre”. Pero el pueblo insistió: “¡Eso no pasará jamás! Nosotros sólo serviremos al Señor.

Aquel mismo día Josué renovó el pacto con el pueblo de Israel. Allí mismo, en Siquén, les dio normas, y las registró en el libro de la ley de Dios. Luego tomó una enorme piedra y la colocó bajo la encina que está cerca del santuario del Señor, y dijo: “Esta piedra servirá de testigo contra ustedes. Testificará que ustedes se han comprometido a servirle fielmente sólo al Señor”. Entonces Josué envió a todo el pueblo a sus respectivas casas recordándoles que no se olvidaran de sus promesas a Dios. Después de esto, Josué murió a la edad de ciento diez años. Y los que se acordaban de Josué, vivieron fielmente a Dios.