Historias de la Biblia hebrea
EL LIBRO PERDIDO, ENCONTRADO EN EL TEMPLO

Historia 96 – 2 Reyes 21:1-23:25; 2 Crónicas 33:1-35:27
Manasés fue el rey décimo cuarto de Judá, hizo lo que ofende al Señor como su abuelo Acaz, no siguió las buenas obras de su padre Ezequías. Manasés tenía tan solo doce años cuando comenzó a reinar, era muy joven para el gran reino. En su juventud se alejó de las enseñanzas del profeta Isaías y del servicio al Señor. Construyó nuevamente altares de Baal y de Aserá, los cuales su padre Ezequías había destruido; y también le daba culto al sol, la luna y las estrellas. Puso imágenes en el templo, la casa del Señor.

Cuando Manasés creció y tuvo hijos, los ofrecía en sacrificio de fuego a sus dioses. El Señor le mandó profetas para advertirlo, pero él no les hizo caso. Aunque la Biblia no nos dice; algunos piensan que él fue el responsable de la muerte del profeta Isaías. Manasés reinó mucho más que otros reyes malvados habían reinado. Alejó aún más a la gente de Dios de lo que el malvado Acaz lo había hecho. Por todo el pecado de Manasés y del pueblo, el Señor envió contra ellos al ejército del rey de Asiria, los cuales capturaron a Manasés con cadenas de bronce y lo llevaron a Babilonia donde vivía el rey de Asiria. Allí, Manasés permaneció en prisión por mucho tiempo.

En la prisión, Manasés reconoció lo perverso que había sido, e imploró al Señor. Le pidió que lo perdonara por sus pecados, y el Señor lo escuchó. Después de eso, el rey de Asiria le permitió a Manasés que volviera a su trono. Así Manasés reconoció que sólo el Señor es Dios. De ahí en adelante adoró sólo al Señor. Removió los altares y las imagines de los dioses falsos y las sacó del templo. Una vez más construyó el altar del Señor y empezó a dar sacrificios. Mandó al pueblo que adorara al Señor y que dejara sus ídolos. Sin embargo, todos ya estaban muy retirados del Señor para poder regresar, y sólo unos cuantos siguieron el ejemplo del rey. Manasés los desvió fácilmente, pero qué difícil le fue tratar de regresarlos a Dios. Después de cincuenta y cinco años de reinar, Manasés murió, y su hijo Amón lo sucedió en el trono. Reinó por sólo dos años de idolatría y maldad; entonces sus propios sirvientes lo mataron. A su vez, la gente mató a los sirvientes, y en su lugar proclamaron rey al hijo de Amón, Josías.

Josías, el décimo sexto rey, tenía ocho años cuando su padre Amón había sido asesinado. Al principio, él era muy joven para reinar la tierra,  y los príncipes en su corte, gobernaban en su nombre. Pero cuando Josías ya tenía dieciséis años, escogió al Señor Dios de su padre David, el Dios quien Ezequías había adorado. Josías sirvió al Señor con más ganas que los otros lo habían hecho. Cuando tenía veinte años empezó a purificar la tierra de Judá y a tirar los ídolos en los templos.  Hizo su trabajo más a fondo de lo que Ezequías y Josafat lo habían hecho. Hasta exterminó todos los lugares donde antes habían estado los ídolos. A travesó las fronteras en la tierra de Israel, donde habían muchos cautivos ya de mucho tiempo atrás. Por todas partes rompió y quemó imágenes; también escavó y quemó los huesos de los sacerdotes de ídolos.

Después fue a Betel, a veinte kilómetros de Jerusalén, donde Jeroboán de Israel había hecho los templos para el culto de los becerros de oro, dos cientos años antes. Ahí se encontraba quemando los huesos de los sacerdotes de ídolos en lo que quedaba de los altares.  De repente encontró una tumba y preguntó quién estaba sepultado allí. Le dijeron: “Es el sepulcro del hombre de Dios que vino desde Judá, y que pronunció contra el altar de Betel lo que Su Majestad acaba de hacer”. El rey les dijo: “Déjenlo, pues; que nadie mueva sus huesos”.

En una ocasión, los hombres del rey Josías estaban trabajando en el templo en el monte Moria, lo estaban purificando una vez más, y encontraron un libro viejo de rollos de cuero; era el libro de la ley de Señor, dada por medio de Moisés. Había estado escondido por mucho tiempo y se habían olvidado de él. Le llevaron el libro al rey, y lo leyeron en su presencia. Cuando él oyó las palabras de la ley,  y las advertencias a la gente que desobedecían al Señor, el rey se alarmó. Les dijo a sus dirigentes: “Con respecto a lo que dice este libro que se ha encontrado, vayan a consultar al Señor por mí y por el pueblo. Sin duda que la gran ira del Señor se ha derramado contra nosotros porque nuestros antepasados no tomaron en cuenta su palabra”.

Y fueron a buscar a un profeta para que les diera la palabra del Señor. Encontraron a una mujer llamada Huldá que vivía en Jerusalén, ella tenía la palabra del Señor; se le llamaba “profetisa”. Le dieron el mensaje del rey, y la profetisa les dijo: “Así dice el Señor: – Díganle al que los ha mandado que yo, el Señor, les advierto, voy a enviar una desgracia sobe este lugar y sus habitantes, y hará que se cumplan todas las maldiciones que están escritas en el libro que se ha leído ante el rey de Judá. Ellos me han abandonado y han adorado a otros dioses. Por eso arde mi ira contra este lugar, y no se apagará. Pero el rey Josías me ha buscado y ha hecho la voluntad de Dios, por tanto, te reuniré con tus antepasados, y serás sepultado en paz. Tus ojos no verán la desgracia que voy a enviar sobre este lugar y sobre sus habitantes de Judá y Jerusalén”.

Entonces el rey mandó convocar a todos los príncipes, los sacerdotes y al pueblo para que se reunieran en el templo del Señor. Después se puso de pie junto a la columna, y en presencia de todos, leyó las palabras del libro que habían encontrado. Y el rey, junto con todo el pueblo, se comprometió a servir al Señor y a hacer su voluntad de todo corazón y con toda el alma. Guardaron esta promesa por el tiempo que Josías vivió, sólo unos cuantos años.

Todo este tiempo, el reino de Judá, como todos los reinos cercanos, eran parte del gran imperio de Asiria. Sin embargo, el rey de Asiria había muerto y el imperio de Asiria comenzaba a desmoronarse. El rey de Egipto, Faraonecao fue a encontrarse en batalla con el rey de Asiria. En su camino, pasó por la tierra de Judá y por lo que antes era Israel, antes de su cautiverio. Josías pensó que tenía que pelear contra el rey de Egipto. Josías le salió al paso, y Faraonecao, el rey de Egipto, le mandó un mensaje al rey Josías diciendo: “No te entrometas, rey de Judá. Hoy no vengo a luchar contra ti, sino contra la nación de Asiria. Dios me ha ordenado que me apresure. Así que no interfieras con Dios, para que él no te destruya”.

Pero Josías no le hizo caso a la advertencia de Faraonecao; al contrario, juntó a su ejército para enfrentarse al rey en batalla en el llano de Esdraelón, donde muchas batallas habían ocurrido. Allí los egipcios ganaron la victoria, pero cuando los arqueros estaban peleando, le dispararon a Josías. Murió en su carro, y se llevaron su cadáver a Jerusalén; y todo el pueblo lloró y guardó luto por el rey que tanto querían. Josías había reinado con bondad y sabiduría. Y con la muerte de un gran rey, Josías, también murió la esperanza para el reino de Judá.